¿Existe el futuro?

– ¿Existe el futuro? – me preguntó un niño – y me quedé pensando en esta construcción mental.

Acostumbrados a controlar el futuro, predecimos con facilidad y omnipotencia nuestras vidas. Cada uno inventa un destino sobre los propios anhelos y de un momento a otro, este se derrumba con la misma facilidad que fue creado.

Están los destinos catastróficos, en los que todo será un absoluto fracaso; también los destinos de felicidad y de éxito. ¡Ya quisiéramos crearnos estos destinos gloriosos a diario! Sea oscuro o luminoso (vuelvo a la pregunta del niño): “¿Existe el futuro?”. Tenemos que crearlo para no enfrentar lo más terrorífico e incierto: la incertidumbre. ¡Qué miedo no saber lo que pasará mañana! Pero es así, no-sa-be-mos-lo-que-va-a-pa-sar, incluso, en el segundo que lees esta frase.

¡Todo va a funcionar! Somos creyentes natos: el sol saldrá cada día. El despertador sonará y el metro funcionará. La vida seguirá con las rutinas de siempre.

¿Alguna vez nos han enseñado a vivir en incertidumbre?

¿Cómo esto no es un aprendizaje prioritario en un país sísmico? Estamos muy acostumbrados a que se nos mueva el piso, como cuando tiran de una alfombra y caen todos los objetos que había sobre ella, pero hemos sido poco hábiles en reorganizar todo lo que se ha derrumbado.

El 18 de octubre de 2019 no hubo un terremoto, los chilenos expresaron en masa su descontento[N1]  social, todos, sin importar su condición. Trajo un derrumbe y un cuestionamiento de nuestras certezas pasadas, presentes y futuras. Los movimientos y cambios externos remecen nuestros mundos emocionales y psicológicos.

¿Por cuántos estados de ánimo hemos pasado en los últimos meses? ¿Cuántos planes, proyectos y sueños desaparecieron o se suspendieron? ¿Cuántas certezas absolutas se esfumaron? ¿Qué cosas nuevas aparecieron en nuestras vidas?

¿Qué pasa, entonces, cuando tengo que planificar en el día para el día? ¿Tenemos la capacidad mental y emocional para movernos sobre terrenos inciertos, pantanosos, desconocidos y violentos?

Me pregunto sobre esas habilidades y formas de pensar que ayudan a vivir en incertidumbre y en momentos difíciles, cuando el presente te muestra -en tus narices y en 3D- que no existe el futuro, menos el que imaginaste. Entonces, la respuesta es: “Niño, no existe el futuro”.

¿Qué hacemos ahora? ¿Improvisamos? ¿Bailamos? No tengo la receta ni la tendré porque esto no se resuelve con certezas, menos con fórmulas. Sin embargo, creo en la creatividad y en la colaboración. En estas experiencias individuales y colectivas hay algo que permite movilizar(se) hacia otros terrenos de lo posible, aun cuando ya no queda algo que se pueda imaginar para salir a construir otro paraíso mental. Lo que exige la realidad es esforzarnos por encontrar salidas. No buscarlas, encontrarlas. Perseverar en una búsqueda de soluciones e ideas que permitirán una apertura hacia lo posible. No solo debemos imaginar una realidad diferente al momento actual que enfrentamos, debemos vivir esa nueva realidad.

El pensamiento creativo supone la flexibilidad y divergencia, entre otras funciones y procesos. Es una capacidad que todo ser humano puede vivir y desarrollar. Depende de nosotros si la usamos más o menos en el diario vivir porque se entrena. Las críticas, juicios y prejuicios no son favorables para mantenerse creativo. Tampoco cerrarse en una sola línea de pensamiento. Si pensamos de manera fluida, nos permitimos encontrar múltiples respuestas ante un problema,  y mientras más diferentes entre sí, mejor. Si además usamos un pensamiento flexible, podemos dar respuestas a los problemas, pero con lógicas de solución en niveles diferentes. Pensar en esa solución que nunca habíamos imaginado, porque se diferencia radicalmente de todas las ideas previas.

Un pensamiento creativo lleva a la apertura, para pensarnos de una manera distinta a la ficción personal o a esos futuros soñados. El desafío es encontrar otros desenlaces e imaginar finales alternativos o no finales, entre otros juegos interesantes que están por ocurrir, en tiempo presente y sobre todo con la capacidad de aprender a aprender.

La colaboración nos permite reacomodarnos con roles, aportes de habilidades y conocimientos, al servicio de otros y de una comunidad, para intercambiar lo necesario para salir a flote de un hundimiento: “Yo tengo el salvavidas, tú la tabla, entre los dos armamos una barca”.

Como no sé lo que traerá el 2020, 2021, los otros dos miles y tantos más que quizás tendré que vivir, me propongo estar dispuesta a lo que venga con una mente creativa y la apertura a colaborar con otros, ¿te sumas?

Por: Daniela Besa Torrealba

Psicóloga – Arteterapeuta – Investigadora