Queda menos para fin de año. Comienza la fecha del recuento, especialmente para las personas que se anticipan hasta para el balance de Año Nuevo. Hablemos de plasticidad mental… ya que son muchas cosas las que han sorprendido en un 2020 pandémico y confinado. Quiebres y cambios radicales nunca imaginados que desarmaron todo lo planificado.

Los duelos han sido a todo nivel: pérdidas de seres queridos, separaciones, finalización de proyectos y muerte de sueños. Fue un año de exterminio de planes, al margen de la agenda y de las voluntades personales. Vino a hacer añicos la ilusión de control. Ahora, parecen absurdos los deseos que se iban a cumplir después de las doce del 31 de diciembre de 2019. El último abrazo fue real porque ahora es el codo. Son cambios radicales.

Es probable que sea una Navidad online, como las fondas virtuales o la variada oferta de clases de todo tipo: desde el retiro espiritual online (¡en tu casa!) hasta la consulta médica en pantalla. Mucho cambio exterior, pero igual de resistentes a transformaciones internas (si se llega a tener conciencia de ello, primero). Los cambios externos han removido el interior (despierto o dormido). El encierro, la distancia, la muerte y la incertidumbre han remecido la mente y las emociones, impactando en las relaciones interpersonales. Se ha puesto en evidencia, más que nunca, la necesidad de sanar mentalmente porque es algo que se deja al final de la lista de prioridades. No se compra con 12 cuotas sin intereses precio contado; tampoco al Estado y a la salud pública les preocupa el mundo interno de los ciudadanos. Están más ocupados en favorecer que revienten sus tarjetas de crédito, sin tomar acciones para prevenir que les explote la cabeza, junto al destrozo familiar y social que apareja cada descompensación y sufrimiento que no es atendido. En ese estado de cosas, ¿qué se hace con el mundo interno que perdió sus estructuras conocidas y seguras? ¿Cómo vivir internamente con pérdidas, incertidumbre y duelos? No solamente a nivel emocional: cambió el escenario de la obra de teatro y se siguen representando los personajes de la que salió de cartelera. Cumplir con exigencias que ahora son realmente fuentes de malestar y de sufrimiento porque están fuera de contexto. Algunas preocupan: ¿Importa realmente el rendimiento escolar y académico de niños/as y jóvenes?, ¿es necesaria la perfección en un momento donde todo es nuevo y caótico?, ¿vale la pena exigir a otros y a nosotros mismo parámetros imposibles? Pero cuidado: seguimos con lo mismo, ignorando que todo cambió y que no están las condiciones para aumentar exigencias innecesarias que pueden ser dañinas. Por el contrario, es un excelente momento para la compasión hacia uno mismo y hacia otros, en lugar de la presión por el rendimiento. También, es una oportunidad para la introspección y conocerse en el cambio, para saber más de uno mismo, de su mundo emocional y para ser más cuidadosos con otros.

Ante la pregunta que me hicieron la semana pasada, sobre lo que se hablará de los contenidos escolares del colegio de mi hija, respondí: lo único que me importa en estos momentos es su salud mental y emocional.

Lo curioso es la tendencia a la rigidez mental, lo que después pasa la cuenta. Es más notorio en el caos y en la crisis. Es importancia desarrollar estructuras mentales tendientes a aumentar la creatividad, sin que se convierta en otra exigencia o estándar, que buscamos cuestionar y desarmar. La educación tradicional ya está obsoleta. Ya no sirve para las exigencias actuales. El historiador Yuval Noah Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, aborda algo fundamental para pensar la educación: “¿Qué tendríamos que enseñar? Muchos pedagogos expertos indican que en las escuelas deberían dedicarse a enseñar ‘las cuatro ces’: pensamiento crítico, comunicación, colaboración y creatividad. De manera más amplia, tendrían que restar importancia a las habilidades técnicas y hacer hincapié en las habilidades de uso general para la vida” (p. 288).

No solo el lugar que le damos al pensamiento crítico, a la colaboración, la comunicación y la creatividad en la educación, también en nuestra vida cotidiana. Pero incluso antes que esto, ¿qué tan compasivos somos?, ¿cómo nos cuidamos entre todos?, ¿queremos cuidarnos realmente?, ¿nos interesa el cambio y romper estructuras mentales?

¿Qué esperamos para el próximo año en los borradores de balances de 2020? La apertura a otras estructuras de pensamiento y nuevas formas de relación, entre seres más conscientes, preocupados de su mundo interno y más compasivos. ¿Por qué tiene que ser tan lejano? Es ambicioso, pero como apela al mundo interno, más posible que soñar con cambiar el mundo allá afuera: se olvida que hay uno más próximo del cual hacerse cargo y que se habita desde el nacimiento a la muerte, todos los días del año y horas del día.

Por: Daniela Besa Torrealba. Psicóloga – Arteterapeuta – Investigadora