Helados que saben a Chile

El otoño ya no solo se siente en el aire en Santiago. También se saborea. Y este 2026, la temporada llega con una propuesta que mezcla identidad, territorio y algo muy difícil de lograr: transformar ingredientes locales en una experiencia que conecta con la memoria.

Esa es la apuesta de El Taller Club de Helado y Café, que acaba de lanzar su nueva carta de otoño con un concepto claro: recorrer Chile de norte a sur a través del helado artesanal.

No es solo una colección de sabores. Es, en palabras simples, una geografía del gusto.El Taller lanza su carta de otoño 2026 con sabores que recorren Chile de norte a sur, destacando ingredientes locales en una propuesta de helado artesanal.

Detrás de este proyecto están Diego Lisoni y Nicolás Lisoni, quienes fundaron El Taller en 2015 con una idea que hoy suena más vigente que nunca: el helado puede ser mucho más que un postre. Puede ser cultura, identidad y relato.

Y eso es precisamente lo que buscan con esta nueva carta.

Desde el norte, aparecen ingredientes que no suelen verse en vitrinas tradicionales. El limón de Pica, por ejemplo, aporta esa acidez intensa y fresca que define al desierto. A eso se suma la rica rica de Atacama, una hierba aromática con carácter, y las mandarinas de Limarí, que entregan notas cítricas más dulces y perfumadas.

El recorrido sigue hacia la zona centro, donde la propuesta se vuelve más cercana, más reconocible, pero no por eso menos interesante. La lúcuma de La Cruz —un clásico chileno— aparece combinada con manjar y nuez, mientras que el pistacho de Lampa aporta una identidad local a un ingrediente que muchas veces se asocia con importaciones. También destacan combinaciones como chocolate blanco con higos de Mallarauco o papayas costeras de Lipimávida a la crema, que logran un equilibrio entre tradición e innovación.

Más al sur, los sabores se vuelven más profundos. El maqui, recolectado en la macrozona sur, aporta intensidad y color. Las avellanas de Linares refuerzan esa sensación más cálida, más otoñal. Y el calafate de Punta Arenas cierra este recorrido con un sello patagónico que no solo es sabor, sino también historia.

Cada uno de estos helados responde a un origen específico. No es casual. En El Taller, el proceso creativo parte desde la materia prima. Primero está el ingrediente, luego la técnica. Es un enfoque que prioriza el respeto por el producto y que ha permitido construir algo poco común: un archivo vivo del sabor chileno.

En más de una década, han desarrollado más de 350 sabores y cinco cartas al año, lo que habla de un trabajo constante de investigación y exploración. No se trata de repetir fórmulas, sino de reinterpretar el territorio en cada temporada.

“La diversidad de productos que tenemos en Chile es única. Nuestro trabajo ha sido aprender a observar y transformarlo en helado con respeto”, explica Diego Lisoni, resumiendo una filosofía que cruza toda la propuesta.

Y aunque el discurso puede sonar técnico, la experiencia es todo lo contrario: cercana, cotidiana, fácil de disfrutar. Porque al final, la idea es simple. Ir por un helado y encontrarse con sabores que dicen algo más.

Hoy, la nueva carta está disponible en sus locales de MUT, Providencia y Zoco, además de su plataforma online. Espacios que, en el último tiempo, se han transformado en puntos de encuentro para quienes buscan algo distinto dentro de la oferta gastronómica de la ciudad.

No es menor. Chile está dentro de los países con mayor consumo de helado per cápita a nivel mundial. Pero, al mismo tiempo, el segmento artesanal sigue siendo pequeño en comparación con la industria tradicional. Ahí es donde propuestas como esta marcan diferencia.

El Taller ha logrado posicionarse no solo a nivel local, sino también internacional. Ha sido reconocido entre las mejores heladerías del mundo por rankings especializados y, en 2023, fue invitado a presentar un helado en SIGEP, en Italia, una de las ferias más importantes de la industria.

Pero más allá de los reconocimientos, lo interesante es cómo se instala esta idea en el día a día. Porque en una ciudad como Santiago, donde el ritmo es rápido y muchas veces desconectado, detenerse a elegir un sabor que viene de un lugar específico del país puede transformarse en una pequeña pausa con sentido.

Especialmente en otoño, cuando el cuerpo pide algo distinto. Sabores más intensos, más cálidos, más ligados a lo natural.

Y ahí es donde esta carta tiene sentido. No solo por lo que ofrece, sino por lo que propone: volver a mirar el origen, valorar los ingredientes y entender que incluso algo tan simple como un helado puede contar una historia.

Para quienes están buscando panoramas distintos en la ciudad, esta puede ser una buena excusa. No solo para probar algo nuevo, sino para reconectar con sabores que, de alguna manera, siempre han estado ahí.

Porque al final, más que una tendencia, lo que plantea El Taller es una forma de mirar el territorio. Y en ese recorrido, cada cucharada suma.

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