Hay historias que no solo se recorren, también se heredan. A 50 años de su apertura, el Circuito Macizo Paine —uno de los trekkings más icónicos del mundo— vuelve a ponerse en el centro de la conversación, no por sus paisajes, sino por quienes lo hicieron posible.
Todo parte en 1976, en el corazón de Parque Nacional Torres del Paine, cuando dos jóvenes de poco más de 20 años decidieron hacer lo impensado: rodear completamente el macizo y abrir un sendero donde no existía ninguno. Ellos eran Óscar Guineo y John Garner.
En ese entonces, el parque estaba en plena expansión. Nuevas áreas se integraban tras haber sido antiguas estancias, y el desafío era claro: explorar, mapear y habilitar rutas que permitieran conocer un territorio aún poco intervenido. Guineo, como guardaparques, era parte de ese proceso. Garner, en tanto, había llegado desde Reino Unido como parte de una expedición, pero terminó quedándose, cautivado por la Patagonia.
Lo que siguió fue una travesía de tres meses que hoy suena épica, pero que en ese momento era simplemente incertidumbre. Caballos, caminatas interminables, ríos caudalosos, bosques densos y una geografía que todavía no estaba completamente comprendida. No hablaban el mismo idioma, pero eso no fue impedimento. Se entendieron en lo esencial: avanzar.
Así nació el Circuito Cordillera Paine, que con los años pasaría a llamarse Circuito Macizo Paine, conocido popularmente como el Circuito O. Un recorrido exigente, de varios días, que hoy es parte del circuito internacional del trekking y uno de los grandes atractivos de la Patagonia chilena.
Uno de sus hitos más emblemáticos es el Paso John Garner, ubicado a más de 1.200 metros de altura. Desde ahí, la vista al glaciar Grey y al lago del mismo nombre es simplemente sobrecogedora. El nombre no es casual. Fue el propio Guineo quien decidió bautizar ese punto en honor a su compañero de ruta, sellando una amistad que trascendió la expedición.
Cinco décadas después, ambos regresaron al parque. No como exploradores, sino como protagonistas de una historia que sigue viva. El reencuentro ocurrió en febrero, cuando volvieron a recorrer los mismos sectores que ayudaron a abrir: Dickson, Los Perros, Grey, Paine Grande y Los Cuernos.
El viaje no fue en solitario. Los acompañaron familiares y parte del equipo de Vertice Travel, que hoy administra refugios y campamentos en la zona. La logística fue distinta, claro. Hoy hay servicios, conectividad básica y apoyo para los visitantes, pero el espíritu del circuito sigue siendo el mismo.
Quienes estaban en el parque durante esos días vivieron una experiencia inesperada: cruzarse con los creadores de uno de los senderos más famosos del sur de Chile. Para muchos, fue un momento emocionante. No todos los días se comparte camino con quienes literalmente dibujaron la ruta que estás recorriendo.
Más allá de la anécdota, lo que marcó este regreso fue el relato. Las historias simples, los recuerdos cotidianos, las decisiones tomadas en medio de la nada. Ricardo Guineo, hijo de Óscar, lo resumió bien: más que grandes hazañas, lo que queda son los pequeños momentos que construyen una vida.
Y en ese punto aparece algo clave: el legado. Porque esta historia no es solo sobre exploración, sino también sobre cómo se entiende la relación con la naturaleza. Desde sus inicios, el mensaje ha sido claro: respeto, cuidado y conexión con el entorno.
Hoy, el Circuito Macizo Paine no solo es un desafío físico. Es una experiencia completa. En los distintos refugios, los excursionistas cuentan con servicios que hace 50 años eran impensados: conectividad limitada, mapas georreferenciados y espacios de recuperación que permiten hacer más llevadera la travesía.
Pero nada de eso reemplaza lo esencial: caminar durante días, cargar lo necesario y enfrentarse a uno mismo en medio de un paisaje que no da tregua. Ese sigue siendo el verdadero atractivo.
En paralelo, esta historia también conecta con una tendencia que ha ido creciendo con fuerza, especialmente entre quienes viven en ciudades como Santiago: buscar experiencias que combinen deporte, desconexión y naturaleza. El trekking, al igual que el running, se ha transformado en una forma de equilibrar el ritmo urbano con momentos de pausa real.
Y en ese escenario, Torres del Paine aparece como un destino aspiracional. No solo por su belleza, sino por lo que representa: desafío, constancia y una conexión profunda con el entorno.
A 50 años de su creación, el circuito sigue convocando a miles de personas cada temporada. Pero ahora, con una historia más visible, más humana. Saber que detrás de cada sendero hay decisiones, esfuerzo y amistad cambia la forma en que se recorre.
Porque no es lo mismo caminar por un lugar sabiendo que alguien lo imaginó antes. Que alguien apostó por abrir paso donde no lo había. Que alguien decidió que ese paisaje debía ser compartido.
El regreso de Guineo y Garner no es solo un homenaje. Es también una invitación. A mirar el trekking más allá del rendimiento, a entenderlo como una experiencia que se construye paso a paso, y a valorar los espacios naturales como algo que no está garantizado.
En tiempos donde todo parece inmediato, esta historia recuerda algo simple: hay caminos que toman años en construirse, pero que valen cada paso.



