Hay problemas que entran silenciosamente a una casa. No necesariamente llegan acompañados de grandes conflictos familiares, pérdida del trabajo o situaciones evidentes. A veces se instalan de a poco, durante años, y cuando finalmente llaman la atención pueden confundirse con otras cosas: “está más olvidadizo”, “ya está grande”, “anda de mal humor”, “se cayó porque perdió el equilibrio”.
Con el alcoholismo en personas mayores puede ocurrir precisamente eso. Y las cifras en Chile muestran que vale la pena mirar el tema con mayor atención.
Un análisis de los registros del Departamento de Estadísticas e Información de Salud (DEIS) del Ministerio de Salud, correspondientes al período 2016-2024, identifica a los hombres de entre 65 y 75 años como el grupo con las tasas más altas de mortalidad por síndrome de dependencia del alcohol en el país. El DEIS es la fuente oficial del Ministerio de Salud para las estadísticas de salud y defunciones.
El dato adquiere otra dimensión cuando se observa el contexto en el que están envejeciendo muchas personas en Chile.
Cuando cambia la vida
La jubilación puede significar libertad y tiempo disponible, pero también puede implicar la pérdida de rutinas, espacios de socialización y una identidad construida durante décadas alrededor del trabajo. A eso pueden sumarse una separación, la muerte de la pareja, el alejamiento de los hijos o simplemente una vida cotidiana cada vez más solitaria.
“Cada vez hay más personas sobre 65 años que llegan con un consumo que arrastran desde hace décadas y que se disparó cuando se quedaron sin rutina, sin pareja o sin compañía”, explica el Dr. Matías Ibáñez, médico experto en adicciones y fundador de Clínica Pellet Chile.
La experiencia clínica del especialista apunta a un fenómeno que puede ser especialmente difícil de detectar: personas que han convivido durante años con el alcohol y que, al llegar a una nueva etapa de la vida, pierden algunas de las estructuras que antes ayudaban a mantener ese consumo bajo control.
No significa que jubilarse, enviudar o sentirse solo provoque alcoholismo. La dependencia del alcohol es un trastorno complejo, con múltiples factores involucrados. Pero esos cambios pueden convertirse en un contexto de mayor vulnerabilidad y hacer más visible o más difícil de manejar un consumo que ya existía.
Una soledad que también preocupa
La dimensión de la soledad tampoco es menor.
La Encuesta de Bienestar Social 2025 del Ministerio de Desarrollo Social y Familia reveló que un 9,6% de las personas de 18 años o más declara sentirse sola “casi siempre” o “siempre”, equivalente a cerca de 1,5 millones de personas en Chile. El estudio, realizado a nivel nacional, incorporó por primera vez la soledad como indicador de bienestar.
Entre las personas mayores, el escenario también llama la atención. El reporte “Soledad no deseada y aislamiento social en la vejez”, del Observatorio del Envejecimiento UC-Confuturo, basado en datos de 2022, señala que un 49,2% de las personas de 60 años o más declara experimentar sentimientos de soledad. Además, un 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social.
Son cifras que describen un contexto, no una explicación automática. Una persona mayor puede sentirse sola sin desarrollar una dependencia del alcohol, y una persona con alcoholismo puede no sentirse sola. La relación entre ambos fenómenos es bastante más compleja.
Pero para una familia sí existe una pregunta importante: ¿qué está pasando detrás de esa copa que antes era ocasional y que ahora parece formar parte de todos los días?
¿Cuándo preocuparse?
Uno de los problemas del alcoholismo en adultos mayores es que algunas señales pueden atribuirse simplemente al envejecimiento.
Las caídas, por ejemplo, pueden considerarse un accidente aislado. También los cambios de ánimo, el sueño alterado, cierta irritabilidad o las dificultades de memoria.
El problema aparece cuando estas situaciones se repiten y coinciden con un patrón de consumo.
Las lagunas de memoria después de beber son una señal que merece atención. También lo son los cambios importantes en la cantidad o frecuencia del consumo, los intentos que no logran reducirlo, el aislamiento de actividades familiares o sociales y la necesidad de beber para relajarse, dormir o enfrentar determinadas situaciones.
El Dr. Ibáñez advierte precisamente sobre esa normalización que puede instalarse dentro de las propias familias: cuando todos saben que esa persona bebe, pero nadie identifica el consumo como un problema.
Y ahí aparece una diferencia importante: no se trata simplemente de preguntar cuánto alcohol toma, sino de observar qué lugar ocupa el alcohol en su vida cotidiana.
El rol de la familia
Para muchas mujeres, especialmente quienes están acompañando a padres, parejas o familiares mayores, este tema puede resultar particularmente cercano. En una familia es frecuente que alguien empiece a hacerse cargo de las compras, las horas médicas, los trámites o simplemente de estar pendiente de que todo funcione.
Por eso también puede ser esa misma persona quien note primero que algo cambió.
No necesariamente hay que esperar una situación extrema para conversar. Una caída repetida, un cambio brusco de personalidad o esas “lagunas” que aparecen después de beber pueden ser motivos suficientes para preguntar qué está ocurriendo.
La recomendación, ante una sospecha de dependencia, es buscar una evaluación profesional y evitar enfrentar el problema solamente desde el reto o la presión familiar. El alcoholismo es una condición que requiere evaluación y tratamiento, y existen distintas alternativas terapéuticas según cada caso.
Clínica Pellet Chile, fundada por el Dr. Matías Ibáñez, trabaja en el tratamiento de adicciones y ha participado en investigaciones sobre alternativas terapéuticas para el trastorno por consumo de alcohol. Un estudio publicado en la revista Salud Mental analizó registros de pacientes tratados con implantes subcutáneos de disulfiram, destacando la necesidad de combinar las herramientas médicas con seguimiento y acompañamiento profesional.
Más allá del tratamiento específico, quizás el primer paso sea bastante más sencillo: dejar de atribuir automáticamente ciertas señales a la edad.
Porque cumplir 65, 70 u 80 años no explica por sí solo una caída frecuente, una pérdida de memoria después de beber, cambios de ánimo o un aislamiento creciente.
A veces, detrás de aquello que parece simplemente “parte de hacerse mayor”, hay una historia que necesita ser escuchada.
Y reconocerla a tiempo puede hacer una diferencia.



