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¿Más hambre en invierno? La ciencia lo explica

Con la llegada del invierno en Santiago hay algo que se repite casi como un ritual. Empiezan los días grises, baja la temperatura y, de pronto, aparecen unas ganas difíciles de controlar de comer pan recién salido del horno, platos de pasta, chocolate caliente o ese postre que durante el verano parecía completamente prescindible.

Y no, no es solo una falta de voluntad. La buena noticia es que la ciencia tiene una explicación para este fenómeno y confirma que, efectivamente, durante los meses fríos nuestro organismo puede experimentar un aumento del apetito.

Eso sí, entender por qué ocurre también permite tomar mejores decisiones para disfrutar de la temporada sin que la balanza termine pasando la cuenta cuando vuelva la primavera.

El frío obliga al cuerpo a gastar más energía

Según explica la médica endocrinóloga Cecilia Solís-Rosas García, miembro del Consejo Consultor de Nutrición de Herbalife, existen varios factores biológicos que influyen en esta mayor sensación de hambre.

Cuando la temperatura ambiental disminuye, el cuerpo necesita mantener estable su temperatura interna. Para lograrlo consume energía adicional, aunque en la mayoría de las personas ese gasto extra no sea tan elevado como muchas veces se cree.

“En ambientes fríos, el cuerpo necesita gastar energía para mantener su temperatura. Aunque este aumento en el gasto energético no suele ser muy significativo, puede contribuir a una mayor sensación de hambre y a la búsqueda de alimentos con más calorías, como pastas, dulces, chocolates y preparaciones con mayor contenido de grasa”, explica la especialista.

En otras palabras, nuestro organismo envía señales para recuperar esa energía, lo que muchas veces se traduce en un mayor deseo por alimentos ricos en carbohidratos y grasas, precisamente aquellos que suelen entregar una sensación inmediata de satisfacción.

No es una impresión: la ciencia lo confirma

Si alguna vez pensaste que solo tú comías más durante el invierno, la evidencia científica demuestra que no estás sola.

Una revisión publicada en la revista Frontiers in Nutrition analizó investigaciones realizadas en distintos países y observó una tendencia bastante consistente: durante el invierno las personas suelen consumir más calorías que en verano.

Las razones son múltiples y van mucho más allá del frío.

Entre ellas aparecen:

  • La menor exposición a la luz solar.
  • Cambios hormonales relacionados con el apetito.
  • Variaciones en el estado de ánimo.
  • Menor actividad física.
  • Hábitos sociales propios de la temporada, donde abundan reuniones acompañadas de comidas más contundentes.

Todo esto genera un escenario perfecto para que aparezca esa sensación de querer comer más seguido o de preferir preparaciones mucho más calóricas.

También buscamos comida que nos haga sentir bien

El invierno no solo modifica el funcionamiento del organismo. También cambia nuestra rutina.

Pasamos más horas en espacios cerrados, disminuyen las salidas al aire libre y muchas veces el clima invita simplemente a quedarse en casa viendo una película bajo una manta.

En ese contexto, la comida deja de cumplir únicamente una función nutricional y también se transforma en una fuente de confort emocional.

“Además de los cambios fisiológicos, solemos pasar más tiempo en espacios cerrados y buscar comidas que proporcionen confort y bienestar. Esto puede favorecer el consumo de alimentos ricos en carbohidratos y grasas”, señala la doctora Solís-Rosas García.

Por eso resulta completamente normal que aparezcan antojos por preparaciones calientes, cremosas y reconfortantes. El problema surge cuando estos hábitos se repiten todos los días y en porciones mayores a las que realmente necesitamos.

El objetivo no es pasar hambre

Muchas personas enfrentan el invierno intentando restringir al máximo la alimentación para evitar subir de peso.

Sin embargo, esa estrategia suele tener el efecto contrario.

La nutricionista Clara Lucía Valderrama, también integrante del Consejo Consultor de Nutrición de Herbalife, explica que el desafío no consiste en ignorar el hambre, sino en elegir alimentos que entreguen mayor saciedad y ayuden a mantener un equilibrio nutricional.

Además, destaca la importancia de practicar la alimentación consciente, es decir, aprender a distinguir cuándo realmente existe hambre física y cuándo simplemente estamos comiendo por aburrimiento, ansiedad o costumbre.

Escuchar las señales del cuerpo permite evitar el consumo de calorías que muchas veces no necesitamos y ayuda a mantener una relación mucho más saludable con la comida.

Pequeños cambios que pueden marcar la diferencia

La buena noticia es que no es necesario hacer dietas extremas para atravesar el invierno cuidando la salud.

Algunas modificaciones simples pueden ayudar a sentirse satisfecha sin caer en excesos.

Uno de los consejos más importantes es priorizar comidas equilibradas que incluyan proteínas y fibra, ya que ambos nutrientes prolongan la sensación de saciedad durante varias horas.

Las sopas y caldos de verduras también son excelentes aliados en esta época, especialmente cuando se complementan con proteínas magras como pollo o carne de vacuno baja en grasa. Son preparaciones calientes, reconfortantes y nutritivas.

Otro truco sencillo consiste en incorporar canela al café, la leche, las frutas o los cereales integrales. Además de aportar un aroma muy asociado al invierno, potencia el sabor de los alimentos y permite reducir la necesidad de añadir azúcar.

En cuanto a las técnicas de cocción, siempre será preferible optar por preparaciones al horno, al vapor o a la plancha antes que por frituras, que aumentan considerablemente el aporte calórico.

También puede ser buena idea comenzar la mañana con una taza de té caliente. Además de ayudar a entrar en calor, muchas personas sienten que les entrega la energía necesaria para salir de casa y mantenerse activas pese a las bajas temperaturas.

Como colación, otra alternativa interesante es consumir un batido de proteínas preparado con leche caliente. Además de ser una opción reconfortante para los días fríos, puede ayudar a controlar el deseo de comer dulces entre las comidas principales.

El invierno no tiene por qué terminar en aumento de peso

Sentir más hambre durante el invierno no significa necesariamente que vamos a subir de peso. Lo importante es comprender que se trata de una respuesta normal del organismo y aprender a responder a esas señales con elecciones inteligentes.

Mantener una alimentación equilibrada, incorporar alimentos que aporten saciedad, cocinar de manera más saludable y seguir moviéndose, incluso cuando el frío invita a quedarse en casa, son hábitos que pueden marcar una gran diferencia.

Después de todo, disfrutar de una sopa caliente, un té o una comida reconfortante también forma parte del invierno. La clave está en encontrar el equilibrio para cuidar la salud sin renunciar al placer de comer bien.

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