Hay vinos que ganan medallas y hay otros que, además, consiguen devolverle a una cepa parte de su protagonismo. Extinto Carmenere 2024, de Viña Undurraga, acaba de ser elegido el mejor vino tinto chileno del año en el International Wine Challenge (IWC) 2026, uno de los concursos más exigentes y respetados del mundo del vino.
Y para quienes disfrutamos una buena copa de Carmenere —idealmente con algo rico para acompañarla—, hay una parte especialmente interesante detrás de este reconocimiento: el vino proviene de viñas viejas del Valle de Cachapoal y nació después de una búsqueda de esos pequeños lugares donde una cepa puede expresar algo diferente.
El resultado no fue menor. Extinto Carmenere 2024 obtuvo medalla de oro, Carmenere Trophy y Chilean Red Trophy, este último reservado al mejor vino tinto de Chile en la competencia londinense.
Pero la celebración para Viña Undurraga no terminó ahí.
Una cosecha llena de reconocimientos
La edición 2026 del International Wine Challenge también distinguió a T.H. Syrah Leyda 2024, que consiguió medalla de oro y el Chilean Syrah Trophy, mientras Altazor 2023 y T.H. Syrah Cauquenes también obtuvieron medallas de oro.

Es decir, más que un premio aislado, los resultados hablan de una cosecha particularmente sólida para la viña chilena fundada en 1885.
Y hay otro nombre que vuelve a aparecer entre los grandes de la enología internacional: Rafael Urrejola, enólogo jefe de Viña Undurraga, fue nuevamente nominado al Red Winemaker of the Year, considerado el máximo reconocimiento mundial para un enólogo especializado en vinos tintos.
Urrejola ya sabe lo que significa ganar este premio. En 2023 se convirtió en el primer chileno y latinoamericano en obtenerlo, después de haber sido nominado anteriormente en 2014 y 2022.
Que vuelva a estar entre los candidatos tiene, entonces, un sabor especial.
El propio enólogo reconoce que el premio de 2023 fue inesperado y que esta nueva nominación la recibe como un reconocimiento al trabajo colectivo.
Y esa palabra —equipo— aparece varias veces cuando habla de este logro. Porque detrás de una botella hay mucho más que un nombre en la etiqueta: están quienes trabajan la tierra, quienes deciden cuándo cosechar, quienes interpretan cada parcela y quienes finalmente buscan que el vino cuente algo de ese lugar.
El reencuentro con el Carmenere
Lo que más me gusta de la historia de Extinto es que no nació pensando necesariamente en crear un vino destinado a ganar trofeos.
El origen está en una de las obsesiones de Urrejola: buscar terroirs especiales y pequeñas parcelas a lo largo de Chile. Una suerte de cacería de lugares que ya había marcado el camino de la línea Terroir Hunter.
En una de esas exploraciones apareció un antiguo viñedo de Carmenere en el Valle de Cachapoal. Viñas viejas, suelos profundos y un clima de veranos calurosos fueron suficientes para que el equipo decidiera separar esa producción y vinificarla de manera independiente.
Ahí apareció Extinto.
Y aquí viene una confesión que me parece particularmente interesante viniendo de un enólogo con tanta experiencia: Urrejola asegura que este vino lo hizo “reencantarse” con el Carmenere.
La cepa emblemática de Chile ha tenido distintas etapas. Durante años fue protagonista indiscutida y después comenzó a convivir con una nueva generación de consumidores que busca más frescura, identidad y diversidad en sus copas.
Quizás por eso este reconocimiento llega en un momento interesante. No se trata solamente de reivindicar una cepa conocida, sino de demostrar que el Carmenere todavía tiene mucho que decir cuando encuentra el lugar adecuado.
Cachapoal en una copa
El Valle de Cachapoal tiene una larga historia ligada al vino chileno, pero sus posibilidades están lejos de agotarse.
En el caso de Extinto, la combinación entre viñas viejas, Carmenere y terroir parece haber sido una de esas coincidencias que los enólogos buscan durante años.
Y para quienes no somos sommeliers, pero sí disfrutamos descubrir vinos, hay algo atractivo en entender qué estamos tomando. Un vino puede gustarnos porque es frutal, porque tiene buena estructura, porque la madera está bien integrada o simplemente porque acompaña perfecto una comida.
En un Carmenere como este, además, resulta interesante buscar esa identidad que entrega el valle y comprobar cómo cambia la percepción de una cepa que probablemente muchas tenemos asociada a otras etiquetas y estilos.
Yo lo probaría con una buena carne, unas verduras asadas o incluso una tabla de quesos. Y sí, también lo dejaría respirar un rato antes de sacar conclusiones. Hay vinos que agradecen que una no tenga tanta prisa.
El desafío de volver a mirar a Chile
Los premios llegan, además, en un momento complejo para la industria mundial del vino, con una disminución del consumo y una competencia cada vez mayor en los mercados internacionales.
Por eso, para Urrejola, estos reconocimientos tienen una importancia que va más allá de Undurraga.
Su deseo es que este tipo de resultados ayude a que consumidores y distribuidores vuelvan a confiar en la calidad y diversidad de los vinos chilenos.
Y hay razones para mirar con atención lo que viene.
Viña Undurraga cumplió 140 años de historia en 2025, una trayectoria que la convierte en parte importante del patrimonio vitivinícola chileno. Pero la mirada de su equipo no está puesta únicamente en el pasado.
Entre sus próximos focos aparecen los vinos de la costa central, con Pinot Noir, Riesling y Syrah de San Antonio; el Valle de Limarí y, también, la revitalización de algunos clásicos nacionales como el Cabernet Sauvignon del Alto Maipo, el Cabernet Franc y los Carmenere de Cachapoal y Apalta.
Quizás ahí esté la próxima sorpresa.
Por ahora, me quedo con una botella de Extinto Carmenere 2024 y una idea bastante simple: Chile todavía tiene muchos vinos por descubrir y, aparentemente, algunas cepas que están recién comenzando a contar su mejor historia.



