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Perimenopausia desde los 40: la etapa que no estamos mirando

Durante años, la conversación sobre salud femenina ha puesto el foco en la menopausia como si fuera un punto de llegada claro y reconocible. El último período, el año sin menstruación, el “cambio de etapa”. Pero para miles de mujeres en Chile —muchas de ellas en Santiago, en plena vida laboral y familiar— el verdadero desafío comienza mucho antes y casi siempre en silencio: la perimenopausia.

Hablamos de una transición hormonal que puede iniciar desde los 40 años, a veces incluso antes, y que sigue siendo ampliamente subdiagnosticada. No porque falten señales, sino porque muchas mujeres no saben interpretarlas y, en no pocos casos, el sistema de salud tampoco las está buscando activamente.

No tiene calendario fijo (y por eso confunde)

Uno de los grandes mitos es creer que la perimenopausia ocurre “dos o tres años antes” de la menopausia. No funciona así. Es un proceso biológico variable, que puede extenderse por varios años y manifestarse de formas muy distintas.

El primer aviso suele estar en el ciclo menstrual. Reglas que se adelantan o se atrasan, sangrados más abundantes o más escasos, meses en que desaparecen y luego vuelven. Ese desorden es, muchas veces, la señal más temprana de que el cuerpo está entrando en transición.

Pero no es la única. Alteraciones del ánimo, irritabilidad repentina, tristeza sin causa clara, bochornos, trastornos del sueño o cambios en el apetito también pueden formar parte del cuadro.

El problema es que, en la práctica, estos síntomas se normalizan. A los 40 y tantos muchas mujeres están en la etapa más demandante de su vida: trabajo, hijos, cuidado de padres mayores, pareja. Si están cansadas o duermen mal, la explicación inmediata suele ser “estrés”. Y la perimenopausia queda fuera del radar.

Ahí está el punto crítico: existe, se siente, pero rara vez se nombra.

El riesgo del autodiagnóstico (y del subdiagnóstico)

Así como es frecuente ignorarla, también es común asumir que cualquier cambio a partir de los 40 es perimenopausia. Y no siempre es así.

Algunas alteraciones pueden estar relacionadas con trastornos tiroideos, cambios metabólicos o desbalances de glicemia. Por eso, la evaluación clínica es clave.

Hoy existen exámenes de sangre —principalmente la medición de FSH y, en algunos casos, LH— que permiten orientar el diagnóstico. Sin embargo, hay una brecha evidente: estos estudios no siempre están disponibles de forma oportuna en la atención primaria, lo que retrasa la confirmación y, en consecuencia, el acompañamiento adecuado.

Y hay otro elemento importante: no todas las mujeres presentan síntomas evidentes. Algunas transitan esta etapa de forma casi imperceptible y descubren que llegaron a la menopausia simplemente porque el sangrado no volvió. En esos casos, el diagnóstico depende completamente de la pesquisa clínica y del seguimiento.

No todas necesitan lo mismo

Frente a la perimenopausia no existe una receta única. Y este es un mensaje urgente.

Hay mujeres que requerirán terapia hormonal de reemplazo porque sus síntomas afectan significativamente su calidad de vida: insomnio severo, bochornos intensos, cambios anímicos que interfieren con el trabajo o la vida personal. Pero muchas otras pueden manejarse con medidas locales, ajustes en el estilo de vida o tratamientos más simples.

Por ejemplo, la resequedad vaginal o cutánea puede abordarse con lubricantes o productos específicos sin necesidad de iniciar terapia hormonal sistémica. La clave está en la evaluación individual y en el acompañamiento profesional oportuno.

Reducir esta etapa a una solución única no solo es clínicamente incorrecto, sino que también contribuye a la desinformación. Cada cuerpo es distinto, cada historia hormonal también.

La deuda pendiente: información y acceso

Lo verdaderamente preocupante no es que la perimenopausia exista —porque es un proceso natural de la vida reproductiva—, sino que siga transitándose con tan poca información.

Persisten mitos, silencios y barreras de acceso que hacen que muchas mujeres pasen años sintiéndose “distintas” sin entender por qué. Se cuestionan a sí mismas, dudan de su rendimiento, de su estado emocional, de su energía.

A esto se suma una limitación concreta: los exámenes hormonales no forman parte de todas las canastas básicas de atención primaria, lo que reduce su solicitud y retrasa diagnósticos. En un país que envejece y donde las mujeres viven cada vez más años después de su etapa reproductiva, seguir invisibilizando la perimenopausia no es neutro.

Impacta bienestar, productividad, salud mental y calidad de vida.

En Santiago, donde el ritmo es acelerado y las exigencias múltiples, contar con información clara y acceso oportuno a evaluación médica no debería ser un privilegio.

Nombrar para acompañar

La perimenopausia no es una enfermedad, pero tampoco es un proceso que deba vivirse a ciegas. Informarse, consultar a tiempo y contar con orientación profesional permite transitar esta etapa con mayor tranquilidad y mejores herramientas.

Cuando el cuerpo empieza a hablar —a veces desde los 40— no necesitamos silencio ni normalización automática. Necesitamos escucha, información y acompañamiento.

Nombrarla es el primer paso. Porque lo que no se nombra, no se aborda. Y miles de mujeres en Chile merecen atravesar esta etapa con claridad, apoyo y decisiones informadas.

Fuente: Victoria Cancino, matrona de DKT Chile

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